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Les cierran el bosque: mujeres de Alcanfores pierden leña, agua y tierra en San Cristóbal

Sin leña, sin agua y sin tierra para sembrar. Así quedaron ocho mujeres de Alcanfores, en San Cristóbal, tras la llegada de nuevos vecinos y las restricciones en el cerro Huitepec, según un estudio de Ecosur.

Les cierran el bosque: mujeres de Alcanfores pierden leña, agua y tierra en San Cristóbal

El estudio, publicado en septiembre de 2026 en La Ventana, revista de estudios de género de la Universidad de Guadalajara, es obra de Martha Yuritzia Galera Morales y Angélica Aremy Evangelista García, de El Colegio de la Frontera Sur. Las autoras llaman al proceso gentrificación verde: nuevos habitantes con más recursos, atraídos por el bosque, que encarecen la tierra y desplazan los usos tradicionales. Es una investigación cualitativa hecha entre octubre de 2024 y enero de 2025 con ocho mujeres de 43 a 66 años, que pidieron anonimato, por lo que retrata lo que viven ellas sin extender cifras a toda la población.

Alcanfores tiene más de un siglo de fundada y está en un fragmento de bosque de niebla del Huitepec, el cerro que comparten San Cristóbal, Chamula y Zinacantán. Históricamente la zona alta se dedicó a la vivienda y al cuidado del hogar, y la zona baja a la siembra de maíz y al trabajo de los hombres. A partir del año 2000 se intensificó la venta de parcelas heredadas en la zona baja a personas de fuera, incluso extranjeras, donde se asentó la mayoría de los nuevos vecinos en proyectos que venden la cercanía al bosque. Las familias originales se replegaron a la zona alta, donde casi ya no quedó espacio para sembrar, mientras la ciudad crece: San Cristóbal llegó a 215,874 habitantes en 2020, 16.1% más que en 2010.

Con la llegada, la comunidad cambió sus normas y restringió la entrada a la reserva para recoger leña y abono y para pastorear, además de pedir a los recién llegados sumarse a la asamblea y a la vigilancia. Una vecina llegada en 2006 relató que el agua se le ofreció a cambio de una cuota. De acuerdo con el estudio, las restricciones pesan más sobre las mujeres nativas, porque la leña, el agua y el abono eran la base de su trabajo de cuidado. Una de ellas contó que ahora debe comprar carbón o usar estufa de gas porque las autoridades le prohíben recoger leña.

Al perder las parcelas, muchas mujeres se emplearon en el trabajo doméstico pagado dentro y fuera de la ranchería, sin dejar las labores de su propia casa. Las investigadoras lo describen como una doble jornada que no se tradujo en más voz sobre el territorio. Durante décadas los cargos y las decisiones sobre la tierra fueron solo de hombres, y aunque desde los años noventa algunas mujeres llegaron a la agencia rural, el estudio documenta presiones, falta de respeto y violencia que dificultan que permanezcan.

Hoy hombres y mujeres participan en un grupo comunitario que revisa los domingos que no haya tala ni saqueo de leña. La ranchería distingue entre población originaria, nativa y avecindada: las nativas reclaman que los recién llegados impongan reglas sin conocer el lugar, y las avecindadas dicen sentirse relegadas en la asamblea. Las investigadoras concluyen que la protección ambiental del Huitepec puede profundizar desigualdades si no toma en cuenta a las mujeres que han cuidado el bosque.

Con información de medios locales.