¡Se petateó!: así enterraban a sus muertos en el Tuxtla antiguo, entre petates y cuevas
Envueltos en petates, enterrados en cuevas o a las afueras de la iglesia: así despedía a sus muertos el Tuxtla antiguo. La historia la cuenta el cronista municipal a propósito del Día de Muertos.
Todo empezó cuando Tuxtla ni siquiera era ciudad. Era una aldea zoque y cada quien enterraba a sus muertos donde la familia decidía, con sus pertenencias encima, de acuerdo con el cronista municipal Alejandro Sánchez.
A otros los dejaban en cuevas con silbatos y utensilios de madera. Hasta ollas de barro con esqueletos de niños han aparecido bajo la tierra, huella de un pueblo que no se quería despedir del todo.
Luego llegaron los españoles y todo cambió. Impusieron su religión y los naturales terminaron por aceptarla: primero enterraron a sus muertos a las afueras de la iglesia de San Marcos y después alrededor de la ermita de San Roque, envueltos en petates. De ahí viene el dicho que todavía se escucha en el mercado: “se petateó”.
Las epidemias obligaron a sacar a los muertos del centro. Por higiene y por miedo, las Leyes de Reforma ordenaron enterrarlos en las afueras y en 1859 el gobernador Matías Castellanos reglamentó la Ley de Panteones para fundar cementerios en los ejidos de cada pueblo.
Así clausuraron el panteón de San Roque y el 21 de marzo de 1870 inauguraron el Panteón Municipal, entonces fuera del Fundo Legal y rodeado de milpas. La entrada, todavía en los años cincuenta, estaba a la altura del actual segundo tanque de agua; hoy se extiende de la Cuarta a la Novena Sur, entre Novena, Décima y Once Oriente.
Esa ciudad de los muertos también vio fusilamientos y ahorcamientos en tiempos de la Revolución, bajo árboles que aún siguen de pie. La cuidaron guardianes de apodos inolvidables como Jesús Flores Selvas, “La Crisis” o “El Arrecho”, y ahí, dice el cronista, todos son iguales: la campana suena parejo para gobernadores, alcaldes, poetas, médicos, músicos y revolucionarios.
Con información de medios locales.


